Las Ramas Bajo el Hielo

30 diciembre, 2014

Las ramas bajo el hielo

La primera vez que vi unas ramas bajo el hielo tenía diez años más o menos. Mi padre me había llevado en una excursión de caza con él y por entonces yo adoraba el olor de la pólvora y el trabajo sigiloso de los perros. Se trataba de una simple charca cubierta por una transparente escharcha de, por lo menos, un dedo de espesor, debajo de la cual unas ramas en posición horizontal expresaban la quietud de los cero grados. Todo, alrededor, estaba cristalizado por la helada nocturna y mi nariz, supe luego, goteaba. Cuando le señalé el charco al baqueano que nos acompañaba mencionándole las ramas sonrió con su bigote amarillo por el tabaco y me dijo:
-En el otro mundo todos estamos así, acostados, formando un ángulo de noventa grados con los vivos.
No me costó mucho imaginar a los muertos que, enredados en una selva de raíces oscuras, intentaban dar sus pasos por los vastos caminos del más allá. Mi padre no decía nada, esperaba como los demás un sol más nítido para salir a cazar tomando un mate que iba de mano en mano. Quise saber de qué árbol eran las ramas y el baqueano me dijo que seguramente de sauce, pues cerca de allí había un arroyo y el viento del otoño había desgajado y arrastrado la vegetación de las orillas dispersándola por un radio de unos cincuenta metros. Aquella ventana de escarcha que permitía ver el acuático subsuelo era de una belleza inaudita, las ramas estaban intactas y detenidas en un verdor de ensueño. Por encima de mi cabeza los chimangos dan vueltas en cámara lenta, de las vacas cercanas emanaba un vapor neblinoso e incluso los alambres de espino de las cercas estaban helados y cubiertos de cristales que hacían destellar a la mañana. Me cuesta recordar, después de tantos años, cuánto tiempo estuve junto a la charca palmeándome a mí mismo la espalda para combatir el frío y cavilando acerca de ese mundo de acostados bajo las aguas heladas. Mis muertos eran entonces lejanos, una abuela y tal vez la tía mayor de mi padre. Lo que me intrigaba era la mención, por boca del baqueano, de los noventa grados.
Los belfos calientes de un caballo manso, de ojos de almíbar, me volvieron a la realidad. Y por supuesto también el hecho de que las ramas de sauce de la charca estuvieran enteras mientras que las del árbol del que procedían aparecían peladas y oscuras. La comparación valió la pena, ya que no tardé en deducir que en algunos casos lo que debería estar muerto está en realidad vivo y lo que parece vivo está muerto. Mi padre, que había visto toda su vida ese tipo de fenómeno de comienzos del inverno, no parecía interesado en hablar del tema. Me indicó que el lugareño sabía más que él de esas cosas.
El hombre del bigote amarillo se llamaba Evaristo y aunque era joven parecía bastante viejo, con su ajado rostro lamido por el viento y las lluvias.
-Cuando el hielo de la charca se funda-me dijo-, sacaré las ramas y las tendré junto a mi mesa, en un florero, para que me recuerden lo encantadora que puede ser la primavera.
-No le durarán mucho, no-comenté con timidez-, cuando el hielo se funda y saque las ramas del agua las hojas estarán mustias.
-Eso sucederá, claro que sí-respondió-. Pero durante un rato habré creído en la ilusión que yo mismo habré creado ¿no le parece?
Lo miré con insistencia. No parecía un simple peón de estancia. Esa noche, cuando le conté a mi padre detalles de la conversación, me dijo:
-La gente que cabalga sola tiene ideas peregrinas. Uno creería que se aburren, pero todos los días ensayan teorías mentales acerca de cómo son o cómo deberían ser las cosas. Tal vez ni siquiera tenga un florero, quizás ni siquiera sepa lo que es una ilusión.
Tardé bastante en dormirme. Evaristo se había defendido de mi negación con la fina ironía de las gentes de campo y yo no me había dado cuenta. Aquella charca ha desaparecido hace más de medio siglo, pero las nítidas ramas bajo el hielo siguen incrustadas en mi memoria.

Publicado en: Sin categoría

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  • Christiana en Sin categoría el 9 agosto, 2016 a las 12:13 am

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    • admin en Sin categoría el 8 noviembre, 2016 a las 5:19 pm

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