El coleccionista de pestañas

10 enero, 2016

Una de las más insólitas rarezas que registra el historiador árabe Al-Mas’udi, quien vivió en Bagdad en el siglo IX y narró por vez primera la invención o codificación del juego del ajedrez atribuida al rey hindú Balhit, es la de cierto príncipe  abásida que tenía la manía de coleccionar las pestañas de sus amantes en pequeñas cajas de marfil que se hacía fabricar en China. Una adivina le había dicho que, de ese modo, ninguna de las pupilas femeninas que lo habían visto en la intimidad podía hacerle un mal de ojo o, sintiéndose despechada, desearle alguna desgracia a él y a su familia. Las cajitas en cuestión se amontonaban en una de las dependencias de su pabellón de caza y él mismo les había puesto los nombres que le permitían  evocar abrazos y caricias. Así, estaban las Pestañas del Azul Risueño, correspondientes a una esclava griega con la que pasó dos noches en la frontera sur. Las Pestañas del Suspiro Inquieto, cuatro hebras oscuras de una muchacha drávida que conocía a la perfección el arte del vajroli o la contracción vaginal. Las Pestañas de la Sonriente Nostalgia, pertenecientes a una adolescente etíope que en el abrazo del amor pronunciaba los lejanos nombres de sus parientes y también las pestañas cobrizas de una mujer del Pamir que tenía la espalda más hermosa que el príncipe había visto nunca, pues en ella un grupo de lunares escribían el sacrosanto nombre de Alláh. Durante años coleccionó pestañas, que obtenía de un modo muy especial: cuando las mujeres dormían sobre un cojín blanquísimo de seda de Damasco, un eunuco procedía, con unas pinzas finísimas, a arrancarles una o dos de cada párpado e, introduciéndolas en las cajas de marfil, se las entregaba a su señor al alba, poco después de las plegarias. El historiador Al-Mas’udi cuenta que el Creador no fue muy misericordioso con el príncipe, pues le concedió una larga vida y una memoria débil.

Viejo y solo solía regresar al pabellón de caza, que ahora era de sus descendientes, y con manos temblorosas abría las cajitas de sus pasajeras y pretéritas noches de amor con el vano propósito de recordar jadeos, sonrisas y palabras. Pero la misma evocación lo traicionaba, pues, mezclándole los nombres, le impedía saber con exactitud quién había sido aquella que llamó  Pestañas de Mar en Otoño, o Pestañas de Cúpula de Estrellas, o bien Pestañas del Silencio Triste, pues también hubo mujeres que lo recibieron como se acepta un mal sueño o el peso de un fardo de algodón en la bodega de un barco. El príncipe se tornó tan supersticioso que atribuía su longevidad a aquella colección de pestañas, y por ello intentó trasladarlas a otro sitio. Dice Al-Mas’udi, el cronista, que montando su caballo favorito el coleccionista de pestañas se adentró con sus casi ingrávidas reliquias femeninas en un oasis que había a orillas del Eufrates, a  tres días de marcha de su palacio. Allí ayunó, pidió a sus acompañantes que lo dejaran solo,  y abriendo las cajitas de marfil dejó caer todas las pestañas al agua mientras soplaba sobre ellas un aire de anciano desolado y sentía que ningún amor que se niegue a morir puede dejar surgir los amores que se esfuerzan por nacer . Después, sin saber por qué, comenzó a arrojar piedras al gran estanque, hasta que los círculos nacidos de los impactos  fueron tan grandes que abarcaron todas sus edades, los momentos estelares de su vida, cruzándose en elipses frágiles y curvas temblorosas para acabar formando el rostro de su madre, el perfil de  Aleya, de tal modo que todas aquellas amantes con las que había yacido no habían sido otra cosa que una extensión de aquella primera mujer con la que sólo durmió de niño. La había buscado sin saberlo, coleccionado pestañas ajenas cuando en realidad añoraba sus ojos, la certidumbre del calor materno al regreso de una tarde de juegos. Poca cosa son las pestañas en las memorias del amor, comenta el historiador Al-Mas’udi, pero, bien miradas, no son menos que las flores regaladas o recibidas, las joyas entregadas después del éxtasis o las promesas que se recuerdan toda la vida. Del viejo príncipe se dice que languideció con prisa y murió dos otoños después de haber arrojado al estanque del oasis su colección de pestañas. Sus nietos, que heredaron las cajitas de marfil, las llenaron de escorpiones muertos, abejorros, mariquitas y mariposas nocturnas, para acabar olvidándolas más tarde en uno los muchos traslados de la familia, cuyas posesiones se extendían más allá del mar y del sitio del ocaso.

Mario Satz

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